Yo me quejaba de esta vida mía
como si fuera una copa de hiel,
con un dolor clavado en mi piel
que combatía a mi propia alegría.

En mis delicias no sabía ver
consuelo y calor. Buscaba más.
¡Pobre tonto! No reiría jamás
ni aunque supiera gozar tal placer.

Mas un día que mi alma se amargaba
y triste no encontraba su consuelo,
toda cubierta por un negro velo,
vi una extraña mujer que se acercaba.

Me tomó de la mano con pasión
y me cubrió los ojos con sus dedos.
Si bien en el principio tuve miedos,
hubo en mi alma una rara sensación.

No supe si mi cuerpo se movió
pero mis ojos estaban viajando.
Sentí como si estuviera volando.
Mi alma hacia el cielo se elevó.

-Mira eso- dijo -tonto mortal,
que escupes hacia el Cielo sin pudor.
Bajo tus pies verás todo el horror,
allí conocerás lo que es el Mal.-

En la negrura, que parecía eterna,
una imágen de a poco aparecía
entre brumas. Mi vista percibía
multitudes en una gran caverna.

Había madres con hijos en apuros,
obreros que sudaban y perdían
su vida trabajando, mas vivían
sin gloria, en efímeros futuros.

Y vi ciegos, enfermos y tullidos,
vi a muchos que yacían mutilados,
otros huérfanos, pobres desahuciados
de quienes la suerte había rehuido.

Allí estaba la Guerra, compañera
de ricos y opulentos. Potentados
que dejaban hogares arrasados
llenando sus bolsas de esa manera.

Vi traidores, salvajes asesinos
alimentados por sucio dinero,
que, traficando con el mundo entero,
comerciaban pasados y destinos.

Las mujeres lloraban por sus hijos:
muchos niños enfermos y sin techo.
Un mendigo, deforme y contrahecho
penaba sin hallar su rumbo fijo.

Vi los bosques talados con desprecio,
asesinos de la Naturaleza.
¿De que valía, entonces, la riqueza
si mas tarde muy alto sería el precio?

Vi a la tierra salvaje y arrasada,
y a los grandes jugar al ajedrez.
El tablero era la humana idiotez,
los trebejos la gente desgraciada.

Con tristeza vi a mi pueblo gobernado
por Judas, por Nerones, por Pilatos.
Vi a hombres tan mediocres y tan chatos,
impasibles ante lo decretado.

Vi ladrones, corruptos. Meretrices
que entregaban el alma por dinero.
Vendían a su pobre compañero:
por treinta monedas eran felices.

Poseído por ardiente frenesí
en esa pesadilla tan incierta,
con la vista cerrada y aun cubierta
una imagen fatal yo percibí.

Me encontraba también entre esa gente
con mi voluntad gélida y sombría.
Letanías comunes repetía,
acataba mandatos, obediente.

Había allí una fuente rebosante
de agua cristalina. En un momento
gritando: "Yo no veo, nada siento,"
nos lavamos las manos al instante.

Triste estaba en medio del rebaño
a los ricos haciendo enriquecer,
cuando supe que mi alma iba a crecer
si podía vencer cualquier engaño.

Contra cualquier injusticia o apremio,
o en contra del dolor más desgraciado,
si el Amor se quedaba de mi lado,
con su ayuda tendría al fin mi premio.

Mas dijo la Mujer en grave modo:
-¡Qué ingrato. Qué desagradecido eres!
Si sufrieras la mitad que esos seres,
cobarde, te hundirías en el lodo.-

-Allí conocerías el sufrir.
Comprenderías el dolor profundo.
Darías tu vida por un segundo
que te dejara el Destino sonreír.-

-¡Ay, tonto mortal que hacia el cielo escupe!
Tu saliva caerá en tu cabeza.
Que el Destino te aleje esa tristeza-
concluyó. Entonces muchas cosas supe...

Supe que lo importante de la vida
no es tanto ni la gloria ni el dinero;
vale mas la caricia de un "te quiero"
que mil libras de plata corrompida.

Esa extraña Mujer allí, a mi lado,
me mostraba un camino positivo;
pudo otorgarle a mi vida un motivo
que en mi llanto se encontraba olvidado:

Muy lejana una luz iluminaba;
otros seres nacían muy distintos:
luchaban y vivían por instintos
y razones. La tierra se poblaba.

Y vi a un niño sonriendo en su cuna
y a una niña, en un vientre aguardando.
Ellos dos disfrutaban observando
los cielos, las estrellas y la luna.

Entonces, vi surgir desde la sombra
a la extraña Mujer, hermosa y pura.
Sonreía en su mágica ternura,
haciendo de la tierra noble alfombra.

En su vientre vida nueva crecía
y a mi alma la llenaba con Amor.
En sus ojos brillaba un resplandor
que a los míos llenaba de energía.

Y muy fuerte latió mi corazón:
fui dichoso de tenerla a mi lado.
Algo dentro de mi había cambiado
y Ella era del cambio la razón.

Agradecí a la Mujer sus favores,
en mi mismo se hallaba mi Destino.
Me mostraba con paciencia el camino
que se ríe del oro y los honores.

Con mi espíritu inmune a los daños
comprendí que la vida es una lucha,
y oro y fama son sólo una casucha,
que se derrumba al transcurrir los años.

Del Destino no anhelaba venganza,
pues llenaría mi alma de pobreza.
En la vida hay caminos de tristeza
pero en uno se encuentra la esperanza.

De pronto se borraron de mi mente
las visiones. Volvió la oscuridad.
-Ya puedes irte, estás en libertad-
dijo ella y descendimos suavemente.

Lentamente mis ojos descubrió,
vi su rostro y su cuerpo escondido.
Tan solo musitó: -Algo has aprendido,
no ignoro que tu espíritu se abrió.-

No supe contestar. Solo callaba.
Pronto entendí quien era la Mujer.
Cerré mis ojos, y al volverla a ver,
por un camino, en calma, se marchaba.


~ Carlos Cosa ~


          



 















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